domingo, 6 de julio de 2014

Los camellos trajeron dos yeguas


Una sonriente y vivaracha jovencita apareció en la pantalla del ordenador portátil que miraba con atención Chantal, la suegra de Rosina.
–¡Ay, cariño, qué bien, ahora sí que te veo!
–Yo la veo también a usted, señora –dijo Basema desde el monitor.
–¡Si es que inventan unas cosas! ¡Quién me iba a decir a mí cuando era chica que se podrían enseñar los regalos de reyes por videoconferencia! Ahora vas a las cuadras, ¿no?
–Exacto, estoy entrando en ellas, ¿lo ve? Cuando quiera, puede llamar a Salva y a Tito.
–¡Ay, sí! ¡Niños, niños! –gritó doña Chantal–. Ya podéis pasar a ver los regalos de la abuela.
Los dos pequeños, de nueve y seis años, se abalanzaron a la salita.
–¿Nos han traído un ordenador? –preguntó Tito, el más pequeño.
–No, mi cielo. Lo que la abuela les ha pedido a los Reyes es muy muy grande y no lo han podido dejar en mi casa, ni lo he podido traer aquí. Os lo han dejado esta noche en La Atalaya y me he conectado con vuestra amiguita Basema por el ordenador, para que lo podáis ver como si estuvierais allí.
–¡Hola, Tito y Salva! –saludó Basema desde el portátil. Al escuchar aquella voz familiar, los niños acercaron sus cabezas a la pantalla, con Salva ocupando la mayor parte del espacio.
–¡Hola, Basema! –gritaron los niños.
–¿Qué nos han traído, qué nos han traído? –repetía Tito sin cesar.
–¡Ay, calla, pesao! –protestó Salva.
–Bueno, vamos a verlo –dijo la chica. Basema giró su ordenador ciento ochenta grados y dirigió el ojo de la videocámara hacia dos preciosas yeguas palominas, de color pardo casi dorado, una un poco más baja y más oscura que la otra. Basema apoyó el portátil en el borde de un comedero, ajustó la inclinación de la pantalla para que las dos yeguas se vieran lo mejor posible, y fue a ponerse a su lado, para poder acariciarlas mientras se las enseñaba a sus nuevos propietarios–. Mirad, son dos yeguas, y todavía no sabemos cómo se llamarán; los Reyes han dejado una nota diciendo que el nombre tenéis que pensarlo vosotros y ponérselo cuando vengáis a verlas. ¿A que son preciosas?
–La más alta es para mí –decretó Salva sin posibilidad de recurso.
–¡Qué morro! A mí me gusta más la grande.
–¡Pero si son igual de bonitas! –dijo Chantal–. A ti te viene mucho mejor la que es un poco más pequeña, Tito, para que no te hagas daño si te caes.
–¡Yo no me caigo! ¡Yo sé montar muy bien!
–Ya lo sé, amor, pero hasta los mejores jinetes del mundo pueden tener accidentes.
–¡Yo no!
–Lo que tú digas, cielo, pero la más pequeña es para el niño más pequeño, y la más grande para el niño más grande.
Aquel argumento por analogía le debió de dejar convencido al pequeño, que dejó de protestar por el reparto de las yeguas.
–¿Y cómo las han traído los camellos? –preguntó, cambiando de tema–. ¿Han venido volando ellas también?
–Supongo que sí, yo estaba dormida –dijo Basema.
–¿Y cuándo vamos a montarlas? –preguntó Salva.
–Cuando digan vuestros papás.
          –¿No podemos ir ahora? –rogó el pequeño.
–No, Tito, chiquitín. Ahora tenemos la comida especial que nos ha preparado Glenda. Se va a poner triste si no nos la comemos toda. Además, las yeguas deben de estar muy cansadas del viaje que han hecho desde Oriente con los camellos; es mejor que descansen un poco, ¿no crees?
–¡Yo la voy a llamar Lady Gaga! –exclamó el pequeño tras un súbito fogonazo mental.
–¡¡¡Noooo!!! –gimió su hermano–. ¡¡¡Lady Gaga es como yo quería llamar a la mía!!! –y empujó bruscamente a Tito fuera del ordenador.
–¡Pero me lo he pedido yo primero! ¡Lady Gaga es la mía!
La discusión por el privilegio de bautizar a su yegua con el nombre de la cantante de moda se agudizó rápidamente y los empujones fueron transformándose en golpes, tirones de pelo y mordiscos, todo ello aderezado con numerosos gritos y lloros. La abuela hizo lo que pudo para separar a las dos alimañas en liza, mientras Basema intentaba también calmar a los niños en modo virtual. El alboroto hizo que Rosina y Tinín, su marido, llegasen a la sala enseguida. Tinín, mucho menos remilgado que Chantal, agarró con fuerza por los hombros a los dos pequeños y los mantuvo a la distancia necesaria para que no llegasen el uno al otro con sus zarpazos.
–¿Se puede saber qué pasa aquí? –preguntó sobreponiendo su vozarrón a los gritos de los chavales.
–¡Que Tito me ha quitado el nombre de Lady Gaga!
–¡No te lo he quitado, lo he dicho yo primero!
–Pero lo había pensado yo antes.
–A ver, a ver –pidió Tinín–. ¿Qué pasa con Lady Gaga? ¿La vamos a invitar a comer, o qué?
–¡Es que Tito, como es pequeño, siempre tiene que salirse con la suya!
–¡Mentira! Tú te has quedado con la yegua más grande, que la quería yo para mí.
–Es que tú eres muy pequeño para esa yegua.
–No soy pequeño. Brisa es más grande. –Brisa era la yegua que Tito solía montar cuando iban algún fin de semana al picadero.
–¡Pero Tito es muy pequeño para Lady Gaga! Vosotros lo habéis dicho, ¿verdad mamá?
–Eso no tiene nada que ver, cariño –dijo Rosina.
–¡Pues a mí me gusta Lady Gaga! –insistió el hermano menor.
–¿Y a ti no te da igual Shakira, o Beyoncé, Salva? De verdad, hijo, que pones las cosas más difíciles… –se  lamentó la madre.
–Vamos a hacer una cosa –propuso Tinín–. Uno de los dos puede pedir la yegua que quiera y el otro podrá elegir primero cómo la llamará. A ver, Salva, ¿qué prefieres, elegir yegua o elegir nombre?
–¡No es justo! –protestó el mayor.
–¡Sí que es justo! –sentenció el padre–. ¡Y deja ya de fastidiar! Decídete: ¿eliges la yegua, o eliges el nombre?
–¿Y por qué no me lo preguntas a mí? –inquirió Tito.
–Porque él es el mayor, y ya está.
–¡Pero es que no es justo! Él se tiene que quedar la yegua pequeña porque es más pequeño.
–Pues entonces, si tú eres el que decide cómo repartir las yeguas, Tito será el que elija nombre primero.
–Pero si Tito se queda con la yegua más grande, no le vais a dejar.
Tinín, desesperado, miró a la abuela.
–¿Cómo son de grandes las yeguas, mamá?
–Ay, hijo, una es un poquito más pequeña que la otra, pero ninguna de las dos es muy grande. Cualquiera puede valer para cualquiera de los dos niños.
–¿A ti qué te parece, Basema? –preguntó Rosina a la muchacha, que había permanecido discretamente callada los últimos minutos al otro lado del portátil, junto a las yeguas.
–Yo creo que doña Chantal tiene razón.
–¿Lo ves, Salva? –dijo Tinín–. Tú puedes quedarte con la yegua grande o con la pequeña, no hay mucha diferencia de tamaño.
–Además –añadió Basema–. Creo que la pequeña todavía puede crecer más y a lo mejor dentro de unos meses ya son las dos iguales.
–¡Entonces yo quiero elegir el nombre! –gritó el hermano menor.
–¡No! Me ha dicho papá que decidiera yo. Tú eliges la yegua, y yo elijo el nombre.
–¡Pero eres un abusón! ¡Yo quiero elegir el nombre también!
–¡Bueno, ya está bien! –terció Rosina–. Si no se acaba la discusión inmediatamente, llamamos a los Reyes Magos y decimos que se vuelvan a llevar los caballos. ¿Lo habéis entendido?
–¿Por qué no lo echamos a cara o cruz? –propuso Tito en un último intento desesperado.
–¡No! Papá me dijo a mí que lo decidiera.
–Venga, lo mejor es que lancemos una moneda –reconoció Tinín–. Aquí tengo una: si sale cara, Tito elige el nombre; si sale cruz, lo elige Salva. Y el que no elija el nombre, se puede quedar con la yegua que quiera.
–¡Pero me has dicho que sea yo el primero!
–Pues rectifico; es mucho más justo echarlo a cara o cruz.
–¡Jolín! No vale. Si prometes una cosa no la puedes cambiar.
–La puedo cambiar como a mí me parezca, porque para eso yo soy el padre.
–¡Entonces le voy a contar a Tito eso que no queréis que le cuente!
–¿El qué me va a contar? –inquirió el pequeño.
–¡¡¡Salva!!! –rugió Rosina–. ¡Vete ahora mismo a tu habitación, y no abras la boca hasta que llegue la hora de comer! ¡Me tienes harta!
–Que no, que no digo nada, de verdad –suplicó el hermano mayor, viendo que el rumbo de la discusión se le había terminado escapando de las manos.
–¿El qué me quiere contar Salva, papá?
–Nada, hijo, nada: un castigo terrible que tenemos pensado para él como no deje de comportarse como un imbécil. Se supone que estamos en la fiesta de Reyes y que es un día para pasarlo bien, no para pelearse.
–Eso decía yo –ratificó la abuela.
–Entonces, si me porto bien, ¿puedo no irme a la habitación?
–Venga, quédate aquí –perdonó la madre–. Pero a la primera tontería te quedas sin todos los regalos, yegua incluida.
–Vamos a echarlo a cara o cruz de una vez –dijo Tinín, mostrando la moneda–. Lo repito: si sale cara, Salva elige el nombre…
–¡Lo habías dicho al revés, papá!
–Bien, al revés: si sale cara, Tito elige el nombre primero; si sale cruz, lo elige Salva. El que no elija el nombre, elije la yegua. A la una, a las dos, y a las tres. –La moneda voló y Tinín la recogió en su palma izquierda, tapándola con la derecha; abrió poco a poco las manos y mostró el resultado–. Cara. Tito, tú te pides el nombre de la yegua.
–¡Lady Gaga! ¡Lady Gaga!
–Entonces yo me quedo con la más grande.
–Muy bien –dijo Basema, tomando cuidadosamente por el hocico a la potra de Salva–. ¿A que es preciosa?
–La mía es muy bonita también, ¿cuándo vamos a ir a verlas?
–¿Podemos ir esta tarde?
–No –dijo Rosina–; si salimos después de comer, cuando lleguemos será casi de noche. Mejor vamos mañana, que es sábado.
–¡Vaaale!
–Bueno, Salva, campeón –recordó Tinín–; ya solo falta que tú elijas el nombre de tu yegua. No hace falta que sea ahora mismo, puedes pensártelo hasta mañana.
–Es igual, si ya lo he pensado.
–¿Y para eso tanta discusión? –bromeó Rosina–. A ver, grandote, ¿cómo vas a llamar a tu yegua?
–¡Lady Gaga, también!
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Pequeña escena, que se autosostiene como un cuento (o como una brevísima pieza teatral), extraída del capítulo 3 de Regalo de Reyes. Aunque en la obra no tiene título, aquí le he puesto uno al que no hay que buscar mucho sentido, y que está inspirado en Hilary Putnam por una extraña asociación de ideas.
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Los personajes de la escena: Salva y Tito (los hijos de Rosina Lequerica, condesa de Valmojado y uno de los personajes principales de la novela), Basema (la hija de los criados magrebíes de Rosina en la finca "La Atalaya", a 60 Km de Madrid), Rosina, su marido Tinín (Constantino), y suegra Chantal, y dos yeguas pendientes de recibir nombre. El momento: la mañana de Reyes.
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Relación con el argumento de la novela: indirecta; además de presentar a algunos personajes, el pequeño relato contribuye a ir creando la atmósfera de ironía que caracteriza toda la obra.

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