sábado, 15 de abril de 2017

Defendiendo las humanidades sin mitos

          Hace no mucho tiempo, en una tribuna del diario El País, desplegué una pequeña crítica a algunos de los argumentos con los que suele defenderse la enseñanza de las humanidades. En concreto, ofrecí allí algunas razones para sospechar que haber estudiado humanidades no lo podemos considerar en serio como algo imprescindible para el funcionamiento de la democracia ni para la realización personal, y mucho menos como algo que pueda “garantizar” ambas cosas (sobre todo teniendo en cuenta el exiguo nivel de conocimientos humanísticos que de hecho alcanza una gran mayoría de la población con el sistema educativo actual). También criticaba la idea de que las humanidades estén siendo arrinconadas por algo así como “saberes mercantilistas”, y la incoherencia de pedir con una mano más puestos de trabajo mientras con la otra se condena todo lo que tenga que ver con la “empleabilidad”. Dados los límites de aquel texto, no quedaba espacio para ofrecer argumentos positivos en defensa de la enseñanza de las humanidades, y dicha ausencia la tomaron algunos de sus lectores como si mi intención disimulada hubiera sido, sin más, la de apoyar a quienes supuestamente están conspirando para que nuestros jóvenes sepan cada vez menos historia, literatura, lenguas clásicas o filosofía, lo que, por supuesto, no podía estar más lejos de mi intención. Todo lo contrario: es el intentar defender la enseñanza de las humanidades con argumentos que se caen por su propio peso, y que en el mejor de los casos sólo consiguen reconfortar el ánimo de los ya convencidos, lo que resulta una estrategia retórica no sólo ineficaz sino contraproducente, pues tiende a dejar en los demás la sensación de que, en el fondo, si los argumentos que se utilizan en defensa de las humanidades son tan malos, será porque la verdadera motivación de sus defensores es menos confesable. Y, claro, en ese caso es fácil que quienes no están directamente afectados por la polémica concluyan que esa motivación no es otra que la de defender unos ciertos privilegios heredados. Mi artículo no pretendía otra cosa que ayudar a mis colegas a darse cuenta del fuerte olor a corporativismo que exhalan algunos de sus argumentos fuera de los círculos en los que ellos y ellas están acostumbrados a hablarse y escucharse. Las humanidades, como todo lo demás, deben ser defendidas sin recurrir a mitos.
Antes de nada, debemos tener claro qué es lo que pretendemos defender exactamente al “defender las humanidades”. Habría muchas respuestas posibles a esta pregunta, pero me quedo con la siguiente, que pienso que encaja con lo que la gran mayoría de “defensores” está realmente pensando: a lo que se aspira es a que un porcentaje lo más alto posible de ciudadanos alcancen un conocimiento bastante amplio y no meramente superficial de lo que suele enseñarse en las asignaturas que, grosso modo, llamamos “de humanidades”. Esto, digamos, sería el fin último, mientras que el instrumento o el medio considerado como óptimo para alcanzar dicho objetivo sería que en todos los niveles de enseñanza existiera una oferta abundante de horas de clase de esas asignaturas, en muchos casos como asignaturas obligatorias. No niego que “defender las humanidades” puede significar también otras cosas, ni que tal vez existan otros medios de difundir su conocimiento que no sean a través de las enseñanzas regladas, pero ahora voy a abordar exclusivamente el objetivo y el instrumento que he señalado.
            La cuestión pendiente, por supuesto, es la de cuáles pueden ser las razones realmente válidas por las que es importante que el Estado obligue a niños y jóvenes a estudiar un elevado número de horas de asignaturas humanísticas (o por qué es importante que los ciudadanos las demanden), y en consecuencia, por qué es necesario que dediquemos una parte no despreciable de los impuestos o de otros recursos económicos a formar y a contratar a un elevado número de profesores de esas materias. Creo que lo primero que debemos hacer al abordar esta cuestión es considerar que no se trata de un regateo entre las humanidades por un lado, y “todo lo demás” por el otro (con los inevitables debates sobre qué materias son propiamente “humanidades”), sino plantearnos más bien los objetivos de la educación en general, y examinar después la contribución que las asignaturas humanísticas pueden aportar para el logro de tales objetivos.
Obviamente, una realidad social tan compleja como la educación no puede reducirse a una sola “finalidad”: el sistema de enseñanza siempre cumple múltiples objetivos, de manera que son absurdas las proclamas del tipo “la educación no debe formar trabajadores, sino ciudadanos”, u otras por el estilo. Aspiramos a un sistema educativo universal y de alta calidad por muchas y muy variadas razones: porque queremos, entre otras muchas cosas, una ciudadanía capaz de defender sus derechos y de asumir sus responsabilidades, pero también porque aspiramos a una sociedad en la que el acceso a una enseñanza de calidad no suponga una barrera social infranqueable, porque queremos vivir en una sociedad en la que haya gente que nos ayude a conseguir todos los bienes y servicios de los que deseamos disfrutar, porque queremos que nuestros hijos adquieran habilidades que les sirvan para llevar una vida autónoma, porque deseamos transmitir el patrimonio cultural a las siguientes generaciones, y también (que todo hay que decirlo) porque nos parece necesario para el óptimo desarrollo psicosocial de los chavales que pasen mucho tiempo en compañía de gente de su edad en un entorno razonablemente seguro, sobre todo si en la mayoría de los hogares no hay ningún adulto durante gran parte del día. Cada persona dará más o menos importancia a estos y a otros fines, y los modulará de forma diferente a como hagan otros, pero lo importante es conseguir que haya un sistema educativo que permita satisfacer y compatibilizar en la mayor medida posible todas y cada una de estas legítimas exigencias. ¿Cómo contribuye a todos estos fines el aprendizaje de las humanidades? Naturalmente, a algunos fines puede contribuir más y a otros menos. Por ejemplo, si entendemos como parte del aprendizaje humanístico la capacidad de usar el lenguaje (y mejor más de uno) con la mayor riqueza y precisión posibles, es obvio que estas enseñanzas serán fundamentales para muchos de aquellos objetivos, pero quizá otros elementos de las humanidades no tengan una contribución tan evidente a casi ninguno de ellos, sobre todo cuando tenemos en cuenta, no lo que dicen los currículos oficiales que se debe enseñar, sino lo que dice la realidad acerca de cuánto consigue efectivamente aprender la mayoría.
Pues bien, ¿por qué es importante defender una presencia sustancial de las humanidades en todos los niveles de enseñanza? No lo es, expliqué hace algún tiempo, para salvaguardar la democracia, para garantizar nuestra realización personal, o para resistir a una supuesta tendencia hacia meros “saberes economicistas”. ¿Para qué, entonces? Pienso que existe una razón que por sí sola lo justifica, y tras la que no sería realmente necesario ofrecer razones adicionales (aunque lo haré, porque las hay). Esta razón no es más que el hecho de que las humanidades forman parte del patrimonio colectivo y de la riqueza cultural de nuestras sociedades, y todos los ciudadanos tienen el derecho de acceder en igualdad de condiciones a ese patrimonio y a las ventajas que pueda conllevar su posesión, con independencia de si han tenido la suerte de nacer en una familia que les transmita el amor a la cultura y al conocimiento, y que pueda financiarles el elevado coste de una buena educación. Sea lo que sea lo bueno que cada uno pueda sacar del estudio de las humanidades, no debemos dejar que sea cosa reservada a unos pocos privilegiados. La relación que se sigue de aquí entre humanidades y democracia es justo la opuesta a la que criticaba en mi otro artículo: no es que un conocimiento muy extendido de las humanidades sea un medio para alcanzar el fin de una “democracia más perfecta”, sino que más bien queremos que la sociedad sea democrática para que gracias a ello la mayoría de las personas puedan disfrutar, entre otras muchas cosas, de las mieles que proporcione el saber humanístico.
Una segunda razón es que la contribución de las humanidades a la formación de los estudiantes consiste en ampliar y enriquecer su “mundo”, es decir, aquello de lo que son conscientes que hay a su alrededor y con lo que pueden interactuar, o al menos, con lo que pueden y deben “contar”. Asimismo, muchos de estos saberes también contribuyen a que podamos desplazarnos, o “navegar”, de modo más resuelto por ese mundo más amplio y más rico. Es decir, el conocimiento de las humanidades nos permite vivir en un “espacio de posibilidades” mucho mayor, y por lo tanto, contribuye sobre todo a hacernos más libres, pues nuestras posibilidades son tan variadas y numerosas como nos lo permiten los conceptos que somos capaces de poner en movimiento para comprender lo que nos rodea. Aprender a utilizar con cierto virtuosismo una nutrida “caja de herramientas conceptual”, y saber que los conceptos reflejan una historia que también determina lo que podemos hacer con ellos, me parece el objetivo más excelente al que quienes nos dedicamos al cultivo de las humanidades podemos contribuir, aunque, claro está, es también un objetivo para el que son relevantes muchas otras disciplinas. Esto es bueno tanto para cada ciudadano individaulmente, permitiéndole acceder a una más amplia variedad de proyectos de vida (aunque sin garantizarle que los vaya a aprovechar de modo inteligente), como para los demás, al permitirnos disfrutar de la existencia de una población capaz de hacer más y mejores cosas.
Un tercer argumento, quizá más pragmático pero no menos importante, es que la existencia de un amplio cuerpo de docentes en disciplinas humanísticas supone también una fuente de riqueza para la sociedad, aunque sólo sea porque contribuyen a que exista al menos una masa crítica de consumidores, y a menudo productores, de otros tipos de “bienes culturales” (libros, música, arte, investigación humanística...), sin la cual sería difícil que estos bienes llegasen siquiera a ser producidos y, por lo tanto, disfrutados eventualmente por otros ciudadanos.
Por último, la mejor manera de “defender las humanidades” que tenemos las personas que nos dedicamos profesionalmente a ellas consiste, en mi modesta opinión, en que cada uno de nosotros fomentemos en los demás, dentro de nuestro ámbito y nuestras posibilidades, el amor hacia nuestras disciplinas, o por lo menos el gusto por ellas. Cierto es que no podemos competir fácilmente con otras formas de alcanzar el prestigio social, tales como aparecer en la portada del Marca o del Hola (una meta que no está al alcance de cualquier premio Nobel). Pero si los profesores de estas materias nos planteamos como objetivo primordial el conseguir que nuestro trabajo de cada curso haya contribuido a que al menos unas cuantas personas sientan con más intensidad el deseo de disfrutar con la lectura o con la redacción de un buen texto, o con la exposición y la crítica de un argumento, o con el descubrimiento y la comprensión de ciertos hechos históricos, etc., etc., habremos hecho de verdad lo mejor que cada uno de nosotros puede hacer en defensa de las humanidades.

Para terminar quiero insistir de nuevo en una idea que he ido mencionando de pasada, y que por ignorarla, los debates sobre este asunto suelen caer con demasiada frecuencia en la mitología: la enorme diferencia entre lo que idealmente se supone que deberíamos enseñar, y lo que materialmente la mayoría de los alumnos terminan aprendiendo. Creo que confundir ambas cosas es el error más común en los argumentos con los que se suele defender la enseñanza universal y muy profunda de las humanidades, pues al indicar cómo de positiva para la sociedad es esa enseñanza, no parecen tener muy en cuenta lo segundo, sino únicamente lo primero (digamos, lo maravilloso que sería que la gente fuese capaz de juzgar la delicadeza de Virgilio o la profundidad de Schopenhauer, y lo muy miserable que supuestamente será la vida de quien no alcance tales niveles de erudición). Cualquier defensa razonable de la enseñanza de las humanidades tiene que asumir, por un mínimo compromiso de realismo, que la gran mayoría de los estudiantes alcanzarán un nivel de conocimientos y de competencias muchísimo más modesto que ese “ideal”, o al menos, tiene que venir acompañada de una reflexión sobre cuánto se supone que habría que mejorar ese nivel y sobre cómo lograr esa mejora. Pero también me parece importante señalar que el conocimiento de las humanidades, a un nivel un poco mayor que el más o menos superficial que se puede alcanzar en la enseñanza obligatoria, no es necesariamente algo que tengan que poseer todos los ciudadanos: lo importante es que tengamos una sociedad culta, en la que la inmensa mayoría tenga un nivel cultural relativamente digno y valoren la cultura en buena medida, pero no tanto que todos sus miembros sean muy cultos y dediquen la mayor parte de su tiempo (de trabajo o de ocio) a actividades de tipo cultural. Es decir, queremos que haya un número elevado de personas con un alto nivel cultural, para que puedan dedicarse con eficacia y éxito a las muchísimas actividades profesionales o de otro tipo en las que una cultura amplia y profunda es útil y necesaria; y queremos también, y esto no es menos importante, que formar parte de ese amplio grupo de personas no dependa básicamente de la suerte de haber nacido en una o en otra familia. Hacer atractivas esas ocupaciones y mostrarlas como alcanzables para el mayor número posible de jóvenes, con independencia de su extracción social, creo que sería una de las mejores formas de demostrar la utilidad de las humanidades.