lunes, 18 de julio de 2022

Ramón Llull, visionario de la modernidad.

 Os dejo el vídeo de mi charla en el curso de verano "Los mundos de Ramón Llull" (Mallorca, julio 2022).

sábado, 21 de mayo de 2022

jueves, 31 de marzo de 2022

Detectives y filosofía de la ciencia

Mi charla en el curso "Elemental, querido Poirot", que se celebró en la UNED de Mallorca los días 4 y 5 de febrero de 2022 (la conferencia empieza en el minuto 8:30).

martes, 22 de febrero de 2022

Sexo adoptivo: Por qué el cambio de sexo es admisible aunque el sexo biológico sea inmutable.

 Os dejo el enlace a mi artículo en El Confidencial titulado "Sexo adoptivo", en el que comparo el caso del cambio de sexo con la adopción, para mostrar que en ambos casos hay una realidad jurídica superpuesta a la realidad biológica, y que no es necesario negar la segunda para aceptar la primera.

Aprovecho para agradecer a Pablo de Lora la indicación de que el mismo argumento había sido defendido por él en su libro El laberinto del género




sábado, 18 de diciembre de 2021

LEGISLATURA PROPORCIONAL: una propuesta de sistema parlamentario.

Os dejo aquí esbozada una modesta pero imaginativa proposición (que quizás haya sido formulada en términos parecidos por alguien más en el pasado, pero no me consta) para mejorar el sistema político y la calidad de la democracia. Lo llamo "sistema de legislatura proporcional", y básicamente consiste en repartir el poder legislativo de acuerdo aproximadamente con el porcentaje de votos obtenido por cada partido. Indicaré primero el modo de funcionamiento del sistema, y luego algunas posibles ventajas e inconvenientes.

FUNCIONAMIENTO

1. Antes de cada elección, un consejo legislativo, elegido por el parlamento anterior con la máxima transversalidad, y posiblemente incluyendo representantes no políticos (o cualquier otro mecanismo que garantizase una cierta neutralidad), determinaría un cierto número de TEMAS sobre los que el siguiente parlamento, el que resultara de las elecciones, tendría que legislar. Puede haber consultas informales a la ciudadanía, a expertos, a grupos de interés, etc., para perfilar la lista de temas. Digamos, para redondear, que se determina un total de CIEN temas, pero es solo para visualizar más fácilmente el proceso (puede ser cualquier otro número). Debe haber también un cuerpo de juristas que ayuden a diseñar y dividir los temas de tal modo que haya las menores posibilidades de que lo que se legisle sobre uno de esos temas cause contradicciones graves con lo que se legisle respecto a otros. Si algunos temas se consideran más importantes que otros, cada tema puede recibir una cierta ponderación, de modo que el porcentaje que le corresponda por consenso sea mayor o menor.

2. Tras las elecciones se forma un parlamento respetando lo máximo posible la proporcionalidad (si un partido ha obtenido un X% de los votos, obtendrá más o menos un X% de los escaños). La exactitud absoluta no es esencial en el mecanismo: también funcionaría si se impone un mínimo de votos para tener representación, p.ej. (esto favorece la formación de coaliciones, y simplifica el proceso legislativo posterior).

3. Una vez formado el parlamento, se sortean los ítems de la lista de temas-a-legislar entre los partidos representados en la cámara, de tal modo que, si un partido tiene, digamos, un 20% de representación, le corresponderán aleatoriamente 20 de los temas que seleccionó el consejo legislativo.

4. Cada partido tiene libertad absoluta para decidir que el parlamento apruebe la ley que ese partido considere conveniente sobre cada uno de los temas que le ha correspondido en el sorteo. Es decir, sobre los temas que le han tocado a un partido, si el partido lo decide así, solo pueden votar sobre el proyecto de ley correspondiente los diputados de ese partido.

5. De todas formas, los partidos tienen también absoluta libertad para negociar con cualesquiera otros partidos el contenido de las leyes que cada uno de ellos vaya a proponer. Es decir, un partido puede ofrecer a otros la posibilidad de ponerse de acuerdo sobre algunas leyes de las que les han correspondido al primero, a cambio de que estos otros partidos le dejen negociar las leyes que les han tocado a ellos.

6. Las leyes aprobadas estarían sujetas, naturalmente, a un control posterior de constitucionalidad. El recurso de inconstitucionalidad puede ser instado por un cierto porcentaje de diputados, por el gobierno, por las comunidades autónomas, o como se decida. Incluso pueden intercambiarse libremente unos con otros los temas que les fueron adjudicados.

7. Por supuesto, cada partido también tendría el derecho a no aprobar ninguna ley sobre cualquiera de los temas que le han correspondido (si le parece que la ley vigente es apropiada, o si renuncia a hacerlo como resultado de la negociación con otros partidos).

8. El papel del gobierno (que podría ser elegido por el parlamento, o directamente por los ciudadanos) estaría mucho más limitado que con el sistema actual a la gestión del poder ejecutivo (no del legislativo), o sea, a gestionar la administración pública de acuerdo con las leyes aprobadas por el parlamento.

9. De todas maneras, el gobierno podría también proponer al parlamento decretos sobre temas urgentes o por cualquier otro motivo no contemplados en la lista inicial definida por el consejo legislativo para la legislatura correspondiente (y 


COMENTARIOS

A. La principal ventaja que veo al sistema es que fomentaría el papel constructivo del parlamento, eliminando la posibilidad de un bloqueo legislativo por falta de acuerdos: si no hay acuerdo, pues cada partido legisla sobre lo que le toca, y "p'alante".  Los ciudadanos decidirán en las siguientes elecciones cómo de útil ha resultado la estrategia (más de cooperación con otros, o más de aprovechar ideológicamente su cuota de poder) del partido al que han votado. Además, los parlamentos dejarían de ser un plató para el espectáculo populista, pues se habría diluido casi totalmente el dualismo entre "gobierno y oposición", ya que todos los partidos tendrían un verdadero poder legislativo, aunque no puedan formar una mayoría; y en vez de limitarse a hacer críticas al gobierno o propuestas alternativas que pueden "sonar bien" para algunos votantes, pero que en de llevarse a la práctica serían pésimas (como también ocurre a menudo ahora), tendrían que esforzarse en proponer leyes que tendrán efectos reales sobre la sociedad, y sobre las que tendrán que rendir cuentas en las siguientes elecciones. En definitiva, creo que el parlamento funcionaría en general alcanzando consensos mucho más amplios sobre la mayoría de las leyes que lo que ocurre ahora, pues los incentivos para no negociar y no alcanzar acuerdos con otros partidos serían mucho menores que los que son ahora.

B. El sistema sería más democrático, en el sentido en el que todos los ciudadanos tendrían una efectiva cuota de poder, proporcional al grado de representatividad de sus ideas políticas. Si quienes tenéis tus mismas ideas sois un 20%, pues os corresponde el 20% del poder legislativo. Además, el sistema crea un vínculo mucho más intenso que ahora entre las decisiones de los votantes y los efectos reales de sus votos: si el partido al que has votado aprueba una ley absurda y muy perjudicial, estará bastante más claro que tienes una parte de la responsabilidad. De modo semejante, el incentivo de los partidos y de sus posibles votantes para interactuar entre ambos de manera continua a lo largo de la legislatura es mucho mayor que en la actualidad.

C. Una creencia habitual, que tiende a hacer que mi propuesta pueda ser vista con escepticismo, es la idea de que la legislación es un "bien público" (en el sentido económico de que tiene que ser necesariamente la misma para todos), y por lo tanto es "esencialmente indivisible". Pero la verdad es que esta creencia no se corresponde con la realidad: por ejemplo, la estructura federal o descentralizada de muchos estados consiste precisamente en hacer que sobre unos temas (los que son competencia del estado, p.ej.) legislen unos, y sobre otros temas legislen otros (las comunidades autónomas, p.ej.). Mi propuesta se limita a redistribuir el poder legislativo de acuerdo con un eje transversal al de la división que se utiliza en el estado federal (y no incompatible con esta división).

D. Otra posible crítica es que el gobierno y el parlamento estarían muy a menudo en mutuo conflicto, teniendo el primero que aplicar leyes que no son las que considera deseables. Pero esto es, simple y llanamente, lo que ocurre actualmente en casi todos los casos en mayor o menor medida. P. ej., muchas veces el gobierno no tiene una mayoría o una coalición suficiente para cambiar las leyes aprobadas en las legislaturas anteriores, y tiene que gobernar aplicando leyes que no le gustan.

E. También puede haber el temor de que las leyes efectivamente aprobadas no formen un sistema lo bastante coherente. A esto caben dos respuestas sobre todo: primero, que el papel del consejo legislativo es diseñar los temas a legislar de tal modo que se minimicen las posibilidades de incoherencias que puedan dar lugar a problemas graves. Segundo, que los sistemas legislativos reales suelen ser de todo menos "coherentes", si nos vamos a preocupar por la coherencia.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Los excesos del animalismo

 Vídeo de la charla que di para la Sociedad Herpetológica Valenciana y la Federación Fauna, en octubre de 2021.

viernes, 25 de junio de 2021

¿Omnipotencia tecnológica? Diálogo en el IV Festival de Filosofía

 Os dejo la grabación del (amable) debate que tuve con Bruno Patino en el IV Festival de Filosofía de Madrid, Embaucadores contra perplejos, y en el que salieron bastantes temas de los que se tratan en Contra apocalípticos, pero principalmente, la cuestión de si la tecnología no está haciendo más libres o más esclavos (yo defendía que lo primero).

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sábado, 12 de junio de 2021

Contra Apocalípticos (reseña de Macario Schettino en "El Financiero").



Jesús Zamora Bonilla es un filósofo y economista español que además es novelista. Así fue como supe de él inicialmente, por Regalo de Reyes, su primera novela, bastante agradable. Le siguió Errar es de ángeles, que es la mejor que ha escrito, y que debería usted leer. Sin embargo, además de ello ha publicado varios libros más académicos, o como gustemos llamarles. Hace unos días salió Contra apocalípticos, que es un gran texto dirigido a algunas de las modas que hoy angustian innecesariamente a millones de personas.
Desde el inicio del libro aclara su posición: está convencido del daño que producimos al planeta con nuestros excesos, de la necesidad de tratar con dignidad a los animales, y de la importancia de entender la posición de otras personas. Sin embargo, precisamente por este último elemento, Zamora se define como un relativista moral. No en el sentido del relativismo cultural tan famoso desde hace unos años, sino, en sus palabras, entendiendo que “la única actitud racional ante un debate que se refiere a asuntos dominados por la incertidumbre y la complejidad es no aferrarnos con demasiada vehemencia a nuestras convicciones morales”. Porque estos temas, más allá de datos y evidencias, suelen discutirse precisamente en términos morales, y la moralidad no existe en la realidad, sino en nosotros.
El libro se dirige a las posiciones extremas que son hoy populares en tres temas: ecologismo, animalismo y posthumanismo. En los tres casos, como decía, Zamora toma una posición lo más racional posible, tanto en lo que tiene que ver con el uso de datos y evidencias, como en su misma definición relativista. Hay muchas cosas que ignoramos acerca del clima, por ejemplo, como para tomar decisiones que impliquen costos elevadísimos en el presente. No hay duda de que la temperatura global ha subido, ni de que en gran medida eso se debe al consumo excesivo de combustibles fósiles. Sin embargo, de ahí no sigue que debamos detener la economía completa y regresar a la vida previa a esos combustibles. En principio, porque sería imposible mantener con vida a los 8 mil millones de seres humanos que hoy habitan el planeta.
Zamora toma la misma posición, relativista, al referirse al animalismo, que propone que dejemos de considerarnos una especie diferente, ‘especial’, y tratemos a otros animales de la misma forma que nos tratamos. Creo que habrá pocas personas que crean que los animales deben ser tratados con crueldad, pero de ahí no se llega a la necesidad de considerarlos como personas. Y la razón es que esa idea es humana, es un invento que hemos reflejado en leyes, que seguirían siendo humanas aunque se aplicasen a perros, caballos o lagartos.
Finalmente, Zamora se enfoca en las nuevas ideas acerca del futuro, del transhumanismo (poco) y del posthumanismo (más). Revisa con detalle las posturas de varias estudiosas (son en su mayoría mujeres) y, como en los dos temas previos, insiste en que debemos mantener una posición flexible acerca de lo que no entendemos bien. En esta parte incluye un capítulo para referirse a la moda más reciente, y perniciosa, de las identidades y el derecho a no pensar, a cancelar todo aquello que obliga a poner en duda las convicciones propias. Propone que consideremos estos derechos (de enésima generación) los derechos L’Oreal, “porque lo valgo”.
Mencioné al inicio la condición de novelista de Zamora porque es un deleite leerlo. A diferencia de otros textos de orientación académica, o sobre estos temas tan polémicos, Contra apocalípticos se lee fácil, se disfruta, y ayuda mucho a pensar en serio estos temas que estarán con nosotros las próximas décadas. Hay que entenderlos, hay que resolver lo que se puede, y hay que mantener esa posición flexible, no despreocupada, frente a asuntos que no entendemos a cabalidad.

martes, 16 de marzo de 2021

Contra apocalípticos: ecologismo, animalismo, posthumanismo.



Acaba de publicarse mi libro Contra apocalípticos: ecologismo, animalismo, posthumanismo, editado por Shackleton Books. En Amazon también puede conseguirse como ebook. Os dejo el índice.

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Aquí tenéis el podcast de la entrevista que me ha hecho Àngels Barceló en Hoy por Hoy. Y tampoco está mal el corte-resumen del final del programa, que podéis oír aquí: 

jueves, 4 de marzo de 2021

Política y conocimiento en Karl Popper

 Os dejo la grabación de mi charla sobre "Política y conocimiento en Popper", del simposio Herencia y Actualidad de Karl Popper, organizado por el Valencia Philosophy Lab.

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viernes, 22 de enero de 2021

Idealismo y realismo en el nuevo contrato social (la charla)

 Os dejo el vídeo de la charla que me invitaron a dar sobre el tema en el centro de la UNED de Vila-Real.



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En este enlace tenéis la sesión completa, con todas las intervenciones.

martes, 29 de diciembre de 2020

Idealismo y realismo en el nuevo contrato social

La crisis de la covidia está constituyendo la conmoción social más importante que ha conocido el mundo desde, quizás, la caída de la Unión Soviética, o posiblemente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Estamos descubriendo a pasos acelerados que el actual sistema político y económico no resiste de manera satisfactoria embates de estas características (que pueden ser solo un anuncio de los que nos espera en las próximas décadas), y que ni siquiera es capaz de generar los beneficios que aquellos más favorecidos por él creían ingenuamente que estaban completamente asegurados. Es urgente, por tanto, que la sociedad aborde el futuro inmediato sin caer en la anarquía del “sálvese quien pueda”, ni fracase, por obcecarse en ideales utópicos, al elegir a tiempo caminos razonables.
De entre las cosas principales que la pandemia, como en un terrorífico curso intensivo, nos está haciendo aprender, destaca la necesidad inexcusable y fundamental de un sector público mucho más robusto y potente que el que hemos heredado. Es cierto que la economía global de mercado ha demostrado ser, con mucha diferencia, la máquina más formidable jamás inventada para proveer de bienestar a miles de millones, pero (además de ser, como ya estaba claro, manifiestamente incapaz de resolver por sí misma los problemas derivados de una creciente desigualdad social y de un deterioro alarmante de los ecosistemas) en estos últimos meses ha terminado revelándosenos también como un sistema muchísimo más frágil e inestable de lo que pensábamos, si es que la crisis financiera de la pasada década no advirtió de ello a todo el mundo, y solo la existencia de vigorosas instituciones públicas permite que los violentos y prolongados batacazos del desarrollo económico no conlleven la destrucción de todo un horizonte vital para grandes masas de la población e incluso para generaciones enteras.
Seis son los pilares principales con los que la economía tiene que apoyarse sin más remedio sobre la cosa pública, si no estamos dispuestos a renunciar colectivamente a esa prosperidad y libertad que tanto valoramos: la sanidad, la educación, el cuidado de los dependientes, la investigación científica, la protección del medioambiente, y el amparo frente a la precariedad. Se trata de servicios que el mercado difícilmente proporcionará si se le deja a su propia dinámica, y que necesitamos en calidad y cantidad enormemente superiores a las que hasta hace nada parecían estar dispuestos a sufragar casi todos los gobiernos del mundo, encadenados a unas reglas de juego y a unos axiomas ideológicos bastante deficientes. El nuevo “contrato social” debe basarse antes que nada en garantizar una financiación mucho más alta para estos seis sectores, y una gestión de los mismos mucho menos dependiente de las veleidades políticas y más basada en criterios científicos y profesionales.
Estos pilares, y por supuesto muchos otros elementos del sector público, no son algo que deba fomentarse a costa del sector privado, sino todo lo contrario: son tanto un requisito imprescindible para que se sostengan y desarrollen los recursos naturales, técnicos y humanos que necesita una potente economía de mercado, como algo que, para funcionar adecuadamente, presupone la existencia de una actividad económica muy pujante con la cual financiar, vía impuestos, aquellos servicios sociales. En especial, estos servicios pueden constituir la mejor garantía de que la mayor parte de la población obtendrá con relativa seguridad, y a lo largo de toda su vida, unas rentas lo bastante altas como para absorber la producción de un sistema económico cada vez menos capaz de ofrecer empleos de calidad a toda la población activa.
El pacto que necesitamos dice, por tanto, sobre todo tres cosas:
1. Fomentemos todo aquello que garantice un crecimiento sostenible de la productividad económica, especialmente la existencia de empresas lo más competitivas que sea posible, capaces de generar a la vez altos rendimientos para sus dueños y excelentes condiciones laborales para sus empleados, aunque estos constituyan una proporción de la población menor que la actual.
2. Aceptemos unos impuestos elevados u otras formas de financiar al sector público (como la propiedad estatal de algunos medios productivos, p.ej.), para garantizar el funcionamiento excelente en calidad y universalidad de todo aquello que el mercado no puede proveer.
3. Y renunciemos a interferir políticamente en el funcionamiento a largo plazo de los pilares públicos de la economía y de la sociedad, garantizando una gestión lo más profesional posible que no esté a los vaivenes de lo que pueda suceder cada vez que cambia el color del gobierno.
La elaboración de este nuevo “contrato social” solo puede hacerse desde la base del realismo político, pues todo el tiempo que perdamos en obstinadas controversias ideológicas y en resistirnos a transigir ante cualquier posible cesión que pudiera interpretarse como una muestra de debilidad en la defensa de nuestros santos ideales será un tiempo que la historia nunca va a devolvernos.  Ni la derecha puede seguir permanentemente hipnotizada por los dogmas del “libre mercado”, ni la izquierda puede seguir prisionera de su fobia a todo lo que suene a “liberalismo”, ni ambas pueden extraviarse en los laberintos y espejismos de lo “identitario”, si el precio a pagar por esa intransigencia es acercarnos peligrosamente al borde del colapso como sociedad. Ahora mismo, la única garantía de que la humanidad tendrá alguna vez una oportunidad real de construir una sociedad “perfecta” es conseguir que siga existiendo durante muchas generaciones en sociedades prósperas y libres; hay que liberarse del peso que el idealismo pone sobre nuestras espaldas al intentarnos convencer de que hemos de ser justo nosotros, y no alguna de las miles de generaciones que con seguridad nos seguirán, quienes inauguremos la utopía.